
recordar, desear, percibir.
mientras tanto que hace nuestra mente?

consciente, inconsciente
lo que uno desea, lo que uno teme, lo que uno ejecuta.

crayola / cartulina
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un texto que encontre en "el superhombre** de j. chaix-ruy:
mi juventud no habia sido mas que una inquietud, pesadilla y busqueda angustiosa; mi vida de mayor, respuestas abortadas; y yo miraba las estrellas, los hombres, las ideas.
¡que caos!
emprendi un camino con toda mi alma, lo segui hasta el final y encontre un abismo. emprendi de nuevo la marcha hacia adelante y bruscamente me encontraba de nuevo con el abismo. El espanto y la esperanza: entre esos dos polos habia girado en el vacio mi juventud y mi edad madura. Pero en mi ancianidad permanecia de pie ante el abismo, tranquilo y sin miedo. No huia ya, no me envilecia ya. O, mas bien, no era a mi mismo a quien yo forjaba, sino a ulises. Yo gritaba, yo me esforzaba en parecerme a el. Yo me creaba a mi mismo, insuflaba en este ulises todas mis pasiones. El era el molde que yo excababa para que alli se vaciara el hombre futuro. Todo lo que yo habia deseado sin realizarlo, el lo realizaria, el era el sortilegio que hechizaria y recogeria las fuerzas luminosas o tenebrosas, para forjar el futuro.
Seria suficiente creer en el para que comenzara a vivir, el era el arquetipo. La responsabilidad de creador es grande, por que abre un camino que puede preparar el futuro y pesar en su construccion.

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"Escúchame -dijo el demonio, poniendo su mano sobre mi cabeza-. El país que te digo es una región lúgubre. Encuéntrase en Libia, junto a las orillas del Zaire. Allí no se encuentra descanso ni silencio."
Las aguas del río son de un tinte azafranado y lívido. No corren hacia el mar, sino que eternamente se agitan, bajo la pupila roja del sol, con un movimiento convulsivo y tumultuoso. A ambas orillas de este río de fangoso cauce extiéndese, en una distancia de muchas millas, un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Uno contra otro, ofréncese como anhelantes en esta soledad, y dirigen hacia el cielo sus largos cuellos espectrales, fantasmales. Inclinan, a un lado y otro, sus perennes corolas. De ellos sale un rumor confuso que se parece al refugio de un torrente subterráneo. Y el uno inclinándose hacia el otro, suspiran; pero se halla una frontera en su imperio, y ésta es una selva densa y oscura. Desde luego, horrible.
A semejanza de las olas en torno de las islas Hébridas, los árboles están allí en perpetua agitación, y no obstante, no sopla viento alguno en el cielo. Los enormes árboles primitivos se balancean continuamente, cediendo a otro lado, con un estrépito impresionante. Y de sus altas copas, llorando gota a gota, se filtra un inacabable rocío. Extrañas flores venenosas se retuercen a sus pies en un perpetuo duermevela. Y sobre sus copos, provocando un suave eco, nubes de plomo se precipitan hacia el Oeste, hasta que como una catarata se vierten detrás del muro ardiendo del horizonte. Pero a pesar de ello, repito, no hay fuerte viento, y a ambas orillas del Zaire, no existe el silencio ni la calma.
Era de noche y caía la lluvia. Y cuando caía, era lluvia; pero caída ya, dijérase sangre.
Encontrábame en medio de la marisma, y cerca de los nenúfares gigantescos, y caía la lluvia sobre mi cabeza, en tanto suspiraban los nenúfares. El cuadro era de una desolación solemne.
De pronto, a través del leve velo de la funérea niebla, se levantó la luna. Una luna roja. Y mis ojos se fijaron entonces en una gran roca gris que se alzaba en la margen del río y a la que aquélla iluminaba. La roca era gris, siniestra, altísima... En ella había unos caracteres grabados. Avancé hacia ella por la larga marisma de nenúfares, hasta que me encontré próximo a la orilla, para poder leer aquellos caracteres grabados en la piedra. Pero no podía descifrarlos. Decidí, en esto, retroceder, y la luna brilló entonces con un rojo más vivo. Me volví y miré otra vez hacia la roca. Volví a mirar los caracteres. Y finalmente, pude leer estas palabras: DESOLACIÓN.
Miré hacia arriba. En lo alto de la roca había un hombre en pie. Y, para espiar sus acciones, me escondí entre los nenúfares...
El hombre era imponente, mayestático, y desde los hombros hasta los pies, envolvíase en la toga de la antigua Roma. Su silueta era indistinta, pero sus rasgos eran los de la divinidad. Porque, a pesar de las sombras de la noche, y de la niebla, sus rasgos faciales fulguraban. Su frente era ancha y reflexiva. Y los ojos aparecieron nublados por las cavilaciones. Leíanse en las arrugas de sus mejillas las imaginaciones del tedio, del cansancio y del disgusto de la Humanidad, a la vez que un gran deseo de soledad.
Sentóse el hombre sobre la roca, apoyó en sus manos la cabeza, paseó sus miradas por la desolación que le rodeaba. Contempló los arbustos siempre inquietos, y los grandes y primitivos árboles. Miró a lo alto, a las nubes y a la luna roja. Y yo, escondido al amparo de los nenúfares, no perdía ninguno de sus actos, pudiendo apreciar cómo temblaba el hombre en medio de la soledad. Así avanzaba la noche, pero el hombre continuaba sentado sobre la roca.
Apartó del cielo su mirada para fijarla sobre el lúgubre Zaire, siguiendo con los ojos las aguas amarillas y las legiones pálidas de nenúfares. Parecía escuchar los suspiros de éstos y el murmullo que se alzaba de las aguas. Desde mi escondite seguí observando los actos del hombre. Vi cómo continuaba temblando en la soledad. Avanzaba más y más la noche, pero el hombre permanecía sentado sobre la roca.
Me abismé en las simas remotas de la marisma, y anduve a través del bosque susurrante de nenúfares. Llamé a los hipopótamos que vivían en aquellas profundidades, y las bestias escucharon mi llamada, viniendo hasta la roca, rugiendo, sonora y espantosamente. Todo bajo la luna.
Maldije a los elementos. Y una tempestad horrible se formó en el cielo. Allí donde apenas momentos antes corría un soplo de brisa.
El cielo se volvió lívido bajo la violencia de la tempestad, azotaba la lluvia la cabeza del hombre, y se desbordaban las olas del río. Este, torturado, saltaba rizado en espuma. Y crujían los nenúfares en sus tallos.
El bosque se agitaba al viento. Se derrumbaba el trueno. Centelleaba el relámpago. Y el hombre, amo siempre, temblaba en la soledad, sentado sobre la roca.