Voy recordando cosas que todavía no he vivido con el atardecer como copiloto, con la melodía pegadiza de una canción en la radio del coche, volviendo a lo que siempre ha sido mi vida, pudiendo haber ido donde siempre soñaste en cada noche, con otro final feliz.
Recuerdo una extraña conversación, nadie me asegura que fuese cierta, pero la recuerdo como si la estuviese manteniendo en este preciso instante, con un fino traje azul sobre una camisa blanca y corbata, copa de whisky escocés en la mano izquierda y con la derecha reafirmando mis argumentos;
“Pues yo sí que pagaría ese precio por entrar a su casa, dicen que merece la pena, que están con él las más bellas señoritas de compañía, un catering de media noche con un chef francés, un masajista particular, y lo más extraño, un payaso también. Un pasayo que llega cada día puntualmente a las 4 de la mañana, llama a la puerta, intenta arrancar la sonrisa extraviada de un hombre que ve pasar la vida por el retrovisor de su coche, que escucha la llamada de una vida que aún está por llegar."
Esta noche estaré en la terraza, con un verde a vuestra salud ;)
La foto con Atocha de fondo desde el retrovisor de mi coche, esta tarde.
Buenas noches y buena suerte.
 Antes de llamar a la puerta, tú ya estabas dentro. Te ofrecí tomar asiento y te propuse un trago.
“¿Porqué no me hablas de ti?” Me preguntaste.
“¿Y porqué no te hablo de nosotros?” Te respondí, con una sonrisa en la cara.
Una sonrisa de esas provocadas por un escalofrío que pasó de mi mano a la tuya en un roce eterno, palma con palma, deslizando mis dedos sobre los tuyos mientras se alejan, con el movimiento lento de un eclipse, aplazando el amanecer, colgando el cartel del “Vuelvo en 5 minutos” que pasarán a ser 10, disfrutando de la sonrisa involuntaria provocada por el cosquilleo de las yemas de mis dedos paseando por tu brazo. “¿Porqué no te hablo de nosotros?” Te respondí, con una sonrisa en la cara.
Sin saber cómo, ahí estábamos los dos, contándole nuestros secretos a la cama. Grabando nuestros nombres en el árbol de un parque. Mirándonos fijamente el uno al otro sentados en sitios opuestos en el autobús. Llorando juntos la escena de aquella película. Viendo desde un banco otro atardecer. Recordando el primer momento. Evitando pensar en el mañana, disfrutando el presente. Hablando de cosas serias y desviando la conversación con tonterías para acabar revolcados en la hierba.
Sin saber cómo, ahí estábamos los dos solos, paseando entre un tumulto de gente, con un olor a primavera y un cielo típico de un cuadro con blancas nubes que dibujan con una cuidada ortografía todo lo que te diría. Escuchando fragmentos de canciones que te lo recuerdan.
Sin saber cómo, siendo dos desconocidos. . .
http://www.youtube.com/watch?v=Wbr5Dk5gy-s&NR=1
Chica del Vestido rojo, gracias por la foto = )
 Sus pies descalzos caminan bajo la luz de la luna mientras que el brillo de sus ojos se oculta tras unas gafas de sol que delatan su nerviosismo. Con el pelo suelto y un bonito vestido camina deprisa, mirando al suelo, silenciando su llanto.
Salió apresurada.
El lo sabía.
Una calle prácticamente vacía, con escasa iluminación, edificios prácticamente apagados salvo tres o cuatro ventanas que ocultaban siluetas tras ellas, y en una de ellas, con las ventanas abiertas, un hombre apoyado en una vieja barandilla de metal que limita su pequeña terraza. La nube que emerge de ella delata que está fumando un cigarrillo. Más abajo un gato que rebusca entre cubos de basura ronronea. Se tapa con cartones un indigente. Pasa un taxi con luz verde. Se detiene unos segundos delante de un portal del cual sale una pareja. El hombre abre educadamente la puerta a su acompañante, sube ella y sube él. El taxi se va.
Tal y como él lo había imaginado.
Lo supo cuando traspaso la frontera que existía entre la inseguridad de la calle y la puerta de su casa. Le inundó una sensación de vacío que creaba en él un mar sin agua como consecuencia de algún mensaje subliminal escondido en los besos de alguna pareja en la calle o bien en el pintalabios que viaja como anuncio en la chapa de un autobús de línea. En la mirada del chico que caminaba enamorado, en el suspiro de la chica que anhelaba su presencia.
Lo supo con la primera lágrima al alba de las flores de su jardín, cuando sintió de nuevo ser humano al percatarse del acto de la respiración, como un acto pesado o de esfuerzo. Su cabeza sufrió un shock, un episodio típico de algún obseso. De repente lo sabía. Sabía todo a cerca de ella, sus gustos, su número de pie, el nombre de su perfume, como transformar sus miedos en sonrisas.
Esa misma noche, en una calle prácticamente vacía, la vio venir de lejos, con sus pies descalzos caminando bajo la luz de la luna, en un sketch sin música, en el cual los maniquíes de los escaparates cuidaban la imagen con caros trajes. Él basaba las situaciones buscando la perfección en los detalles.
Y así lo veo desde aquí, va directo a chocarse con ella. No puede dejar pasar esta oportunidad, Lo sabe porque lo sé yo, y así se lo he dicho, has de llevar una rosa en una mano y una caja de zapatos en la otra. ¡Pum! Se han chocado. Las gafas de ella han caído al suelo, sigue con la cabeza agachada, pero él cambia la rosa a la mano de la caja de los zapatos y con la vacía acaricia su barbilla, hace que levante su cabeza. Ella está llorando. “No te preocupes” le dice él a la vez que seca la gota que baña su mejilla y sonríe. Los zapatos y la rosa son para ti.
Yo ya no tengo nada que hacer aquí, me digo a mi mismo mientras doblo el periódico de mañana y me pierdo entre las calles de una ciudad desierta.
http://youtube.com/watch?v=QAK0iMSGKJ8
¿Sí? ¿Hola? Yo también tengo un fotolog de moda, y un pelo chulo con el que puedo hacer formas raras. Y si me firmas 150 veces te invito a cenar. Cuido mi estética con tratamientos faciales basados en el cocido madrileño. No estoy piripi, ni colocado, ni nada por el estilo. Las cosas como son y ya está. No se buscan razones.
"¡Bachi bozuks! ¡Pies descalzos!"
Al más puro estilo Capitán Haddock.
 ¿Dónde la conociste?
Creo que para explicar el dónde, primero, habría que explicarlo todo. . .
Domingo. Tarde Gris. Lluvia.
Encontrarte al final de una calle, mirando al cielo, perdida entre tantos edificios. Mirando el grabado de una pared que te sugiere un pseudónimo.
Desorientado y un poco nervioso, al verte, quise perderme por las calles de tu mano, conocer tus historias, compartir nuestros momentos, robarte una sonrisa y pararme a observar como las luces de las farolas se convertían en focos del escenario de un teatro, siendo nosotros los actores y dejando el papel de público en manos del destino.
Allí estabas tú.
Desorientada y un poco nerviosa. Pero sobre todo, estabas preciosa. Despistando a las gotas de agua con una colección de simpáticas muecas cada vez que una de ellas intentaba rozar tu oloroso pelo brillante. Poder oír todas tus quejas, tus vaciles, verte sonreír. Mirarte en un espejo y no encontrarte, buscar a alguien más allá de la ventana. Ver el resplandor de tus ojos iluminando la noche en vías desiertas.
Viajar contigo más allá de las paredes de mi mente. . .
Eso sería algo increíble.
 Pero antes una rosa.
Y así lo hice. . .
Y me clavé sus espinas en el corazón, porque todo lo que hago, lo hago con este.
Con un movimiento lento, fue cayendo la rosa, desgarrándome la mano, desangrando mi corazón. Remordiendo mis ideas entre sien y sien llegando a nublar mi vista.
Como siempre, mirando al cielo, esperando a ver llover, con los ojos bien abiertos para no permitir que la lluvia fuera provocada por un trueno, en un abrir y cerrar de ojos, en una lucha con mi subconsciente y con un brazo en mi garganta que desembocaba en una mano apretando mi órgano vital y creando en mi una cara de rabia, consecuencia de la impotencia del momento y del instante, como un trombón silenciado ante la magia de un arpa que da paso al sonido de una armónica que plasma en cada soplido un sentimiento.
Desde entonces, dicen que es difícil hablar conmigo, que me da todo igual, que siempre contesto con algo que no viene al caso y que no pongo voz a mis palabras. Jamás serán mudas, ni mis razones baldías. Simplemente grito cual solitario en un desierto para que solo me escuche el cielo, para que el viento no encuentre lugar alguno donde arrastrar esta impresión que causan en el alma algunas cosas.
Siempre me obsesioné con los detalles, pero ahora, yo sé que es difícil dialogar conmigo.
Ya he dejado de ser preso de mis miedos, he borrado los barrotes de una cárcel en la cual los presos son ideas. . .
Hay cosas que nunca cambian.
(Mensaje de no desesperar conmigo, llevo unos días que no reparo mucho por el fotolog, devolveré los comentarios, Disculpen las molestias)
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