 Finalmente, para evitar que a última hora Monsieur entorpeciera sus planes volviendo a retirarse con su esposa a Villers-Cotterêts, y a petición de la propia Minette, demasiado agobiada ya por aquel asunto, Luis dio órdenes de que el caballero de Lorena fuera puesto en libertad.
No fue buena idea.
Philippe de Lorraine-Armagnac, el caballero de Lorena, fue a instalarse en Roma, lleno de odio contra Minette, pues continuaba persuadido de que había sido ella la culpable de su encarcelamiento. Desde allí reanudó su correspondencia con el duque de Orleáns y con el resto de sus amigos, que le iban poniendo al corriente de cuanto acontecía en la corte. Así fue como, hilando fino, llegó a la conclusión de que se estaba preparando el viaje de la duquesa, y así se lo comunicó a Philippe.
Éste, con cara de pocos amigos, entró un día en el despacho del rey para tener una conversación con él.
?Acabo de informarme ?dijo? de que estáis dispuesto a enviar a mi esposa a Inglaterra. Ahora ya sé qué escondían aquellos encuentros secretos, y desearía conocer por qué no se me había dicho nada. ¿Soy acaso un incapaz, un inútil? Debo de serlo, puesto que el rey de Inglaterra no espera mi presencia junto a la de mi esposa. Me habéis dejado en ridículo y no olvidaré jamás esta afrenta. Si vos sois el señor del reino, yo lo soy de mi mujer, y le prohíbo trasladarse a Inglaterra.
Y a continuación se dio media vuelta y desapareció con paso airado, dejando a Luis muy preocupado y preguntándose quién podría haber traicionado el secreto. Sólo había cuatro personas que estuvieran al corriente de ese asunto: Louvois, Turenne, De Lionne y Minette. Dado que era a Philippe a quien había ido a parar el secreto, por difícil que le resultara aceptarlo el rey pensó que había sido Madame quien había hablado demasiado o cometido alguna indiscreción. Así que la mandó llamar.
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 Philippe estaba deprimido sin el consuelo de las cartas de su amado. Se tumbaba sobre el lecho en la habitación cerrada y gemía como un alma en pena, ?de un modo que traspasaba las paredes?. Así paso una semana, tiempo en el que los habitantes del castillo hacían como si no oyeran nada y seguían a lo suyo. Pero un día, de pronto, cesaron los lamentos. A base de reflexionar, Monsieur había llegado a la conclusión de que la única solución a sus males era obtener la libertad del caballero de Lorena, y que para ello tendría que someterse. Por tanto cuando Luis, que precisaba de los servicios diplomáticos de Minette urgentemente, envió a Colbert para solicitar el regreso del matrimonio a la corte, Philippe no se opuso.
Llegaron a París la noche del 24 y fueron recibidos con los brazos abiertos. Inmediatamente Minette reanudó sus conferencias secretas con Luis. Todas las noches pasaban varias horas juntos, debatiendo proyectos, redactando y modificando párrafos hasta quedar todo perfecto. ¡Ah, si María Teresa hubiera tenido la mitad de la inteligencia y el talento de Minette para estas cuestiones! Tal vez los dos hermanos habían terminado mal emparejados, y era esta princesa quien debería haber sido reina de Francia. Es posible que la vida de los dos hubiera sido muy diferente en ese caso.
Ella conservaba un gran cariño por su antiguo amante. Le era leal; jamás lo hubiera traicionado, y Luis sabía que podía confiar plenamente en Minette. Eran momentos de gran satisfacción para ella, de compensación por todos los sinsabores; pero cuando regresaba junto a su esposo debía enfrentarse a sus celos. Lo único que Philippe sabía era que ella pasaba muchas horas a solas con el rey, con quien ya en el pasado había tenido una aventura, y ahora sospechaba que la historia se estuviera repitiendo.
?¿Qué habéis hecho con el rey? ?le preguntaba sistemáticamente.
?Hemos hablado de caza.
Y así se continuó ocultando a Monsieur los preparativos del viaje de su esposa a Inglaterra. El plan era que Luis organizaría un viaje en compañía de la corte con el pretexto de visitar las provincias de Flandes recién conquistadas, y una vez llegados a Dunkerque, sugeriría a Minette como si fuera una ocurrencia espontánea que fuera a saludar al rey de Inglaterra, que hacía tiempo que deseaba su visita.
 Philippe culpaba a su esposa de intrigar contra él. Ella fue a contarle sus penas a la reina y Monsieur, después de hablar también con María Teresa, se acercó a la Grande Mademoiselle y se despachó a su gusto contra Minette. La Grande Mademoiselle se apresuró a cerrar la puerta para tratar de impedir que las palabras de Monsieur fueran escuchadas. Él le dijo que sólo había amado a su esposa los quince primeros días, y comenzó a relatar cosas que causaban el asombro de Anne.
Madame, por su parte, negaba tener nada que ver con el arresto del Caballero de Lorena, lo cual era cierto:
?Si me hubiera estrangulado cada vez que hice algo mal, hubiera tenido razón; pero entonces me perdonó y ahora viene a atormentarme sin motivo alguno.
Al amanecer del día 31 de enero se encaminó con Minette y su séquito por la ruta de Soissonnais, mientras que el caballero de Lorena era conducido a Lyon.
En Villers-Cotterêts Philippe hacía la vida imposible a su esposa, convencido de que era la culpable del arresto de su favorito. Casi diariamente Monsieur recibía una carta de él llena de acusaciones contra Minette, lo que hacía que se produjeran continuas y fuertes discusiones entre el matrimonio. Pronto dejaron de compartir el lecho. Porque lo curioso, queridos míos, es que hasta ese momento continuaban compartiéndolo, y de modo eficaz, a juzgar por los cuatro hijos que Minette dio a luz en ocho años. Y no, ella no era tan libre para hacer su vida como algunos de ustedes parecen pensar: el desconcertante Philippe se mostraba muy celoso y posesivo con su esposa.
En Inglaterra el rey estaba preocupado por la suerte que podría estar corriendo su adorada hermana, hasta el punto de escribirle a Luis al respecto expresándole su desaprobación. Temía, y nosotros también, que estuviera sufriendo malos tratos. Luis dio otra vuelta de tuerca y ordenó a sus guardias que llevaran al caballero de Lorena a un calabozo del castillo de If, donde sería tratado con todo rigor y se le prohibiría mantener correspondencia con el exterior, para impedirle continuar intrigando e incitando a Philippe contra Minette.
 Luis juzgó que el caballero de Lorena no era la persona más adecuada para entrar en posesión de dos abadías, e hizo saber a su hermano que se opondría a la donación, pues no le gustaban ese tipo de irregularidades. Entonces Philippe, furioso e incitado por su amigo, anunció en un tono poco respetuoso que abandonaba la corte.
Agotada la paciencia de Luis, ordenó el arresto del caballero de Lorena el 30 de enero en Saint-Germain.
Entre exagerados lamentos y gemidos de dolor, Philippe se desvaneció al conocer la noticia. Sus amigos le rodearon, le dieron cachetes en las mejillas, le hicieron oler sales y frotaron su frente con agua de colonia para que volviera en sí. Monsieur se despertó y siguió llorando.
Cuando se encontró en mejor disposición para actuar, pidió antorchas y allá se fue en plena noche a montar un escándalo ante el rey, lleno de cólera, gimoteando y llorando ante un Luis que se había puesto la máscara real y lo contemplaba imperturbable.
??¡Devolvedme al caballero de Lorena!
??¡No!
??¡Bien!, entonces me voy. Me retiro al castillo de Villers-Cotterêts con mi mujer.
Luis permitió la salida a su hermano sin decir nada. No quería dejar traslucir su enojo, pero estaba muy, muy irritado. Monsieur se llevaba a Minette cuando más la necesitaba para ultimar el acuerdo con Inglaterra. Precisamente con ese objetivo estaba previsto que ella viajara a su patria a finales de primavera.
Hay que tener en cuenta que Philippe ignoraba todo eso, pues se procuraba mantenerlo al margen de cuanto tuviera que ver con la política, asunto en el que no se lo veía de ninguna utilidad y que, en cambio, podía ser un peligro poner en sus manos. Era evidente que correría a poner toda la información secreta en poder de sus favoritos para su provecho personal, porque, en palabras de Saint-Simon, Philippe ?hablaba como varias mujeres juntas? y todo se le escapaba.
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 Minette estaba muy mortificada con aquel asunto y deseaba ver alejado al caballero de Lorena, que era quien incitaba a Philippe a cometer toda clase de extravagancias. Pero Monsieur respondía con insultos groseros a los reproches de su esposa. Se sucedían escenas terribles entre los dos, discusiones muy subidas de tono. Una noche Monsieur, durante una crisis nerviosa, pataleó, rompió un mantel y derribó sillones mientras gritaba:
?Si continuáis atacando a mi amigo, os envío a Inglaterra.
Conmocionada por esta amenaza, Minette corrió a contárselo a Luis, que se sintió muy contrariado por este problema. Es que, precisamente ahora, el rey llevaba dos años intentando concluir con el rey de Inglaterra, el hermano de Minette, una alianza contra los holandeses. Ella, por quien su hermano Carlos sentía una gran debilidad, servía de enlace y se ocupaba, sin que su marido lo supiera, de la correspondencia secreta que intercambiaban los dos reyes sin pasar por sus respectivas embajadas. Tenía un talento especial para la diplomacia, y varias veces había allanado los problemas que surgían entre ambos. Minette era, pues, una pieza esencial en la política de Luis en esos momentos. ¡No podía renunciar a ella! Philippe no debía repudiarla ahora o desbarataría todos sus planes. Es que no era ninguna broma, porque como represalia Inglaterra podía unirse a Holanda y España, formando así una coalición fatal contra Francia.
?Es el caballero de Lorena quien incita a mi marido en contra mía ?le dijo Minette.
Luis asintió. Ese joven venía causándole problemas desde hacía ya tiempo. Bien sabía él que era el responsable no sólo de las orgías de Saint-Cloud, sino también de los aires insolentes que comenzaba a adoptar Philippe ante él cuando acudía a la corte. Así pues, era preciso buscar un medio de librarse de ese estorbo, y resulta que entonces ocurrió algo que le proporcionó la ocasión, algo ajeno a las peleas entre el matrimonio.
A finales de enero de 1670 falleció el obispo de Sangres y dejaba dos ricas abadías que dependían de las propiedades del ducado de Orléans. Monsieur, como duque de Orleáns, dispuso de ellas para entregarlas a su favorito sin consultar con el rey.
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